Por: Juan Carlos Talavera

Provocador, inconforme y experimental. Así podría definirse a Manuel Hernández Suárez, mejor conocido como Hersúa (Sonora, 1940), es uno de los últimos sobrevivientes de la Generación de La Ruptura que ha cumplido 80 años, alejado de premios y olvidado por las autoridades culturales de México.

Fundador del grupo experimental Arte Otro, es conocido por su escultura dinámica y geométrica y por ser exhibir activamente en Japón, Estados Unidos, Bélgica y España.

En entrevista con Excélsior adelanta que trabaja en la creación de Ojo cósmico, obra pública que anunciará próximamente, en la edición de un libro que le dedicarán a su trabajo artístico, y recuerda la polémica surgida en los años ochenta por la paternidad del Centro del Espacio Escultórico de la UNAM.

¿Cómo llega a los 80 años? “No dejo de trabajar en mi estudio. El artista trabaja hasta el último día y el buen artista no distingue si es lunes o domingo. Así es el mundo de uno y se trabaja física o mentalmente. Pienso que todos tenemos una raíz muy profunda con la tierra y que somos muy individuales en un sentido, porque no hay dos personas iguales. Lo mismo sucede en la naturaleza”.

¿Es un planteamiento artístico? “Sí, porque si una persona hiciera consciencia de eso, de ese orgullo, no tendría por qué competir con otro. Esta es una base que el artista toma para colaborar en una sociedad. Si yo hago una obra habrá gente a la que le guste por alguna razón y a otra no. Digamos que la obra en sí lleva un mensaje y es algo sensible que el artista provoca para tener una relación con sus semejantes. En ese sentido somos sociales, aunque el artista y el científico estemos separados en un cubículo o en un taller”.

¿Cuál es su búsqueda? “Todos sabemos darle una lectura al espacio en el que vivimos y notamos que no hay dos rosas iguales. Yo trabajo en la escultura transitoria con obra bipartita y ahora con obras tripartitas y cuatripartitas, desde los puntos de vista cardinales, para provocar al individuo y así despierte”.

Para Hersúa, el arte siempre es generoso con cualquier persona y, pese a lo que se piense, nunca pierde su carácter público, sin importar que alguien lo compre. “Y un día las obras pasarán a ser del deleite de toda la gente. Así que la gente no debería tenerles miedo a los museos. En esta ciudad hay 20 millones de personas y ¿cuántos van a un museo? Es ridícula la cantidad. Hace falta una promoción del arte de una manera en que le sepas llegar al público y lo convenzas de que es importante ver esas obras”, apunta el artista que representó a México en la VI Bienal de Artistas Jóvenes en París (1969), y que fue vicepresidente de la Asociación de Artistas Plásticos de México ante la Unesco (1985)

“No olvidemos que el enriquecimiento de las personas nos da una mejor sociedad. Científicos y artistas estamos convencidos que la cultura es primordial para que el hombre evolucione, porque somos un proceso y no un producto. Somos algo inacabado. Yo no me considero un producto terminado, como una Coca-Cola”.

Hersúa también aborda la vieja polémica sobre la paternidad del Espacio Escultórico. Recuerda que en 1978 la UNAM convocó a seis escultores (Federico Silva, Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Mathias Goeritz, Sebastián y el propio Hersúa), para plantearles la creación de un espacio escultórico.

“En mi caso había tenido una especie de alucine mientras estuve en Monte Albán, pensando en lo maravilloso que sería crear una obra en la Ciudad de México, donde uno se sintiera fuera de ésta. Así que cuando llegó esa oportunidad del rector Guillermo Soberón, pensé que era el momento de trabajar sobre esta idea”.

Cierto día el rector le preguntó a Jorge Carpizo (entonces Abogado General) por la obra de los artistas. Él le dijo que ellos se estaban peleando. Soberón se rio y le fijó día y hora para llevar la maqueta a la Coordinación de Humanidades.

“Así que nos llamaron y al llegar, los otros cinco artistas fueron a pedir dos meses de plazo. Yo llegué con cinco maquetas y en ese momento a Carpizo le gustó la primera que hice. Los demás colegas pensaron que era una primera etapa y que había otras dos donde ellos iban a intervenir la primera etapa. Pero no era así. La segunda etapa era en la Hemeroteca Nacional y la tercera en el camino entre la Hemeroteca y la Sala Nezahualcóyotl”, recuerda.

“Ahí fue vino el descontrol y la oposición. En el caso de mi maqueta, no podía ser vetada si no había otro proyecto. Y sucedió así, tan sencillo y ahí está la obra. Después mi posición fue avalada por el crítico de arte Juan Acha. Pero como el espacio se volvió famoso y el niño salió guapo, todos quieren ser el papá. Políticamente a la Universidad le convenía decir que era una obra colectiva y sucedió que me eché muchos enemigos. En fin”.

¿Qué le dejó el Espacio Escultórico? “Yo sigo trabajando como siempre, con diferentes materiales, buscando algo más, porque soy inconforme. El artista es un testigo de su tiempo o así debe serlo. Ahorita el arte consiste en que cada quien haga las pendejadas que quiere y creen que van a ser genios. Pero no. El arte es un proceso largo. Tienes que ir educando la sensibilidad.” Ese espacio es la pirámide de hoy, vivida por mí y para los demás. La trabajé usando la intuición… Es ese vacío del desierto que te decía, que me gustaba cuando escuchaba a los seris, hablando en sus poemas o en sus canciones sobre el viento que sopla suave.

¿Ya no le importa que sea una obra colectiva? “No, porque como sucede con Teotihuacan, la gente va y lo disfruta y ni siquiera se imagina quién construyó esas pirámides, porque ya es un arte del dominio público. Lo mismo sucede con el Espacio Escultórico”.