María Teresa Palau Y Trujillo, Catedrática Emérita de la UASLP, Crítica de arte y artista plástica nos narra su visión de La pintura delirante de Javier Zarzosa

“Hoy, que debería estar más claro qué es el arte, ocurre lo contrario, porque la esencia de la obra visible en estos tiempos, intenta decir mucho, pero a veces no dice nada. Por ello, Javier Zarzosa es un artista afortunado que cierra las palabras para entregarse a los goces del acto creador. Sus pínceles lo conducen al juego y cuando viene el primer trazo, el suelo se mueve. Borra las fronteras entre lo ideológico y lo poético con cuadros cargados de una energía emancipadora que va llevando una bandada de esperpentos y sombras pérdidas que al comunicar, hacen reír. Sabe lo que quiere y capta la esencia de los símbolos de la mitología popular.

Algo hay de la lucha libre en todos sus cuadros. Viven la intensidad de un combate donde jamás duelen las heridas; no hay sangre ni huesos rotos, si acaso, algunos raspones en los codos. Tal vez el Santo se acerca paso a paso y ángeles y demonios guarden algún recuerdo al remedar al luchador famoso. Llenos de inocencia, se quedan en suspenso y cada instante parece eternidad y se trasluce la ansiedad de luchadores cuando sumergen sus emblemas y alumbran el azar seduciéndonos. Ahí están El Santo, la muerte, los ángeles, los demonios, los toros y los toreros, el traga fuegos y el San Luis Rey de Francia en el escudo de San Luis Potosí con su máscara de luchador.

Resulta fascinante la orientación lúdica, primero porque su relación privilegiada con la pintura parece ignorar que podía ser el paladín en un combate contra la locura social que disuelve todo para ser escrito y leído; y segundo, porque exhibir la sarcástica locura de luchar con alegría contra la cobardía y el cinismo es esperanzador.

Su trabajo posee un sello personal, basado en el lenguaje del cómic, configura un universo, una especie de sueño interrumpido por premoniciones y momentos explosivos que evocan el aliento de lo mexicano. Su lectura permite a duras penas, reaccionar en el intercambio de rumores jubilosos y críticas sociales que nos cercan, mientras las figuras se desarman y arrastran sus candados y cadenas, guadañas o bolsas de dinero.

Me gustan sus imágenes delirantes, sus personajes plenos de humor negro que reclaman atención. Esos rostros cálidos o tensos, agresivos o alegres, necesitados o suficientes, perplejos, asustados, tristes, cordiales o autoritarios, son siempre festivos. Caras de luna llena y lengua bífidas, que anuncian su aparición y arriesgan su existencia temporal, ebrios de alegría; abren los huecos de sus sonrisas para impartir sus clases sobre difuntos sociales que miran hacia un rincón desde sus huertos y aprovechan los placeres ardiendo en fuegos delirantes siempre inquietos.

En esa atmósfera festiva hay una cierta ternura, como si el destino humano tan sin sentido divirtiera al artista y le pusiera unos toques de esperanza a quienes aparentan que saben lo que hacen, como el sabio que golpea su cabeza para que salgan las ideas o el sacerdote que lleva a cuestas un templo donde construye inútilmente una realidad espiritual.

Con cada línea, en cada íntimo detalle, Javier Zarzosa deja estos símbolos fugaces como ofrendas en el paisaje, como si fueran sólo ideas. La superficie incide en la importancia de cada personaje que persigue precisamente eso: destacar. A veces, hay una cierta atmósfera de miedo o suspiros nostálgicos. Fantasmas que buscan con anhelo, al no hallar nada, se acumula la tensión para arrojar a un mundo imaginario. Algunos sólo lo intentan, otros siempre lo consiguen.

No hay transparencia total en el significado, ni interpretación unívoca. La obra de Javier Zarzosa es un desafío a la claridad, un recordatorio de valores; hay algo que permite ver este mundo como una esfera disparatada donde todo estaría muy bien si los buenos salieran a las calles, y los perversos huyeran, aún cuando de alguna manera nos dice que somos nosotros los que podemos acabar con todo.

Sus cuadros todavía no conocen la sala de exposición, pero nunca serán alimento del contenedor. Cada cuadro expresa la vida y desafía las fuerzas del mundo, del cielo y el infierno. Hay sorpresa y ambigüedad, pero siempre se ve más de lo que es. En esta aventura  no hay lugar para cantar a la tranquilidad, hay que aguardar la función, porque nadie se cae del trapecio, ni de la cuerda, ni del alambre que cuelga del universo. En la pintura de Javier Zarzosa, todos se salvan. Siempre se puede jugar en el arte, porque se puede ganar”.