Graciela tenía 6 años, quien nació en un poblado cerca de la la costa, la consentida de su padre Don Melitón quien era el Presidente Municipal, un hombre de carácter fuerte pero ella era la luz de sus ojos, su tierna mirada lo cautivaba, tenía una hermana mayor Edna de 9 años, caprichosa y celosa, frecuentemente su madre de nombre Patricia la castigaba injustificadamente, por cierto no nada dulce con su menor hija, pero para su fortuna quien la cuidaba era su cariñosa nana, una mujer joven que tenía la energía que ella para seguirla a todas partes, su fiel protectora.

Una hermosa y gran casa era su hogar, con una fachada blanca, tenía un gran ático con una ventana hermosa, rosas en el jardín, naranjos rodeando la propiedad, un roble cerca de la entrada con un columpio con flores colgando, un quiosco a un costado y al fondo del jardín una pequeña capilla.

Una tarde Graciela y su familia salieron, fueron a la ciudad a una boda, en la inmensa casa de su tía Rosalba, quien era hermana de Patricia y madre de la novia. Fue un lujoso y concurrido enlace.

Durante el trayecto de regreso al pueblo, Patricia notó que si hija tenía un muñeco que ella no conocía, la niña le dijo: “Mira mamá el es Alfredo, me lo regaló María, jugué con ella en la boda y me lo dio, me pidió que lo cuide, porque no le gusta la obscuridad”. Pero como siempre la ignoró, le pareció un muñeco insignificante, así que no le puso mayor atención a su procedencia.

Así fue que Graciela y él se volvieron inseparables, pero a Edna no le gustaba, se sentía vigilada, decía que era un payaso diabólico, además ella afirmaba que su hermana había jugado sola en el jardín, que ella no vio a ninguna niña.

Una tarde mientras Graciela se bañaba, su hermana tomó al payaso y lo escondió en un armario de la casa, cuando salió de bañarse notó la ausencia de su compañero. Estaba desesperada porque no lo encontraba, cuando le preguntó a su hermana, ella negó haberlo visto. Recorrió la casa preguntando a todos, pero nadie sabía donde estaba, ella estaba tan enojada que gritó: “Se le quemaran las manos a quien se lo llevó”.

Pasaron días antes de encontrar a Alfredo, después de recorrer toda la casa, abriendo armario por armario, pero finalmente lo encontró arrumbado, lo abrazó, le dijo: “No tengas miedo yo te voy a cuidar y quien te escondió lo va a pagar”.

Se fue feliz a la cocina por un poco de agua. Pero ahí estaba su hermana, quien tembló cuando se percató que Graciela había encontrado al muñeco. Se puso tan nerviosa que de pronto tropezó, alcanzó a meter las manos, pero fue sobre la estufa, resultando con las manos quemadas.

Edna gritó: “Mira, se ríe mamá”, mientras lloraba por el dolor de sus manos, Patricia giró para ver la cara de Graciela, pensó que a ella se refería su hija, pero no, hablaba del payaso.

La única persona que recordaba las amenaza de Graciela a quien se llevó el payaso, era justamente su hermana. Aseguraba que él la había empujado a la estufa, después de todo, fue ella quien lo había metido en un obscuro armario, no sabía como, pero sus quemaduras eran su culpa.

Obviamente su temor era cada vez mayor, no soportaba estar donde estuviera Alfredo. Le rogaba a su madre que lo botará, pero cada vez que intentaban quitarle su amado muñeco, aparecía Don Melitón para impedirlo.

Durante unas vacaciones llegó la abuela “Doña Teresa”, una mujer madura pero muy fuerte, y la nieta favorita no era Graciela, si no su hermana. Quien encontró refugió y resguardo, constantemente comentaba a su abuela el hecho de no soportar la existencia de Alfredo, tenía quejas y más quejas, decía que se reía, después de noches de no poder dormir, le dieron otra habitación.

Lo que para Graciela fue un alivio, ahora Alfredo no tendría que aguantar a su hermana. Tenía su propia habitación. Podía pasar el día entero encerrada jugando con ese payaso, su nana la custodiaba mientras tanto.

La abuela no se quedó tranquila, también ya odiaba a Alfredo un muñeco buscó la oportunidad para complacer a su nieta favorita, en un descuido de su nieta, metió al payaso en su bolso de estambres.

Ella enloqueció comenzó a buscarlo de manera desesperada, de un lado al otro corría, pero no tardó mucho en encontrarlo, ya que descubrió donde estaba, se alcanzaba al ver una manita salir junto con los estambres, se acercó y lo rescató, la abuela solo mencionó “No se de que manera llego ahí”.

Durante la madrugada se escuchó un fuerte grito, retumbó en toda la casa, todos corrieron al llegar al salón estaba la abuela pálida, temblando, pero cuando notó que Graciela tenía en sus brazos a Alfredo quiso quitárselo, con odio los miraba, intercedió su padre quien no permitió el maltrato a su hija, pero la señora gritaba “Ese payaso es malo, aquí me estaba viendo, apareció de la nada”. Pero su yerno no le creyó, mando a todos a dormir.

Una noche mientras Graciela junto con Alfredo se encontraba en el columpio, en el frondoso árbol de enfrente, llegaron su abuela y su hermana a importunar su tranquilidad. Como siempre quería estar donde ella estaba, instó a la abuela para que ordenara se bajará del columpio, de mala gana se bajó, sabía que si desobediencia a la abuela terminaría castigada.

Se sentó en los escalones de la entrada con su muñeco en sentado en sus piernas, la madre de las niñas observaba desde la ventana, de nuevo hubo gritos, la abuela y su hermana corrían, algo las había asustado. Decían que Alfredo estaba por el columpio, que habían escuchado risas. Pero cuando Patricia llegó a la puerta les contó que Graciela no se había movido del escalón junto con su payaso.

La siguiente mañana después desayuno, salieron a dar un paseo la abuela y su hermana, no quisieron llevar a Graciela, no quiso dejar a Alfredo, era la condición que le pusieron para llevarla.

Se quedó triste de nuevo sentada en el escalón, pero cuando el coche avanzaba, la hermana volteó y comentó que el payaso se estaba riendo, abrazo a su abuela, pero no llegaron lejos, a soló un par de kilómetros de la casa al llegar a la carretera, en el primer entronque chocaron con un camión, el único sobreviviente fue el chófer, quien después de varios días recuperó la conciencia, pero no recordaba haber visto nada extraño, no recordaba ni el camión con el que se impactaron, lo único fue que Edna entre quejidos decía: “Suéltame Alfredo”, fueron las sus últimas palabras, antes de morir en los brazos de su amorosa abuela. Pero cuando esto llegó a los oídos de Patricia, se lleno de odio para su menor hija, como si fuera su culpa el accidente.

La tristeza invadió la casa, su madre no encontraba consuelo, los dos seres más amados de su vida, murieron en el mismo momento. Por más que Don Melitón intentaba, nada parecía cambiar. No lograba que su esposa calmará su dolor. Ya habían pasado dos años, él estaba cansado, era muy cariñoso con su hija que le quedaba, pensaba que sufría por la perdida de su hermana, también se daba cuenta del rechazo que recibía de su madre y constantemente recibía maltrato, no dejaba que se olvidará el accidente, tenía que interceder ante las injusticias, la nana era quien le informaba todo, por lo menos se quedaba tranquilo por que ella cuidaba de Graciela.

Una mañana se acercó a su hija, para decirle que saldría de viaje, que cuando regresará le traería una sorpresa, la abrazó y se fue.

Esa tarde cuando el protector de Graciela se ausentó, su madre intentó despojarla de su preciado payaso. Le gritaba que se lo diera, fue tanto el escándalo que el personal de la casa llegó hasta el comedor, ahí debajo de la gran mesa estaba la niña abrazando a su muñeco, pero su madre estaba furiosa, comenzó a romper cosas, un florero se estrelló en el piso, el agua y las flores quedaron debajo de la mesa, ordenó a la nana que se lo quitará, ella se acercó le pidió amablemente que se lo diera, susurrándole “Si no me lo das terminará roto”, con lágrimas en los ojos accedió a dárselo, su madre lo encerró en un ropero con llave y guardó la llave en la bolsa de su vestido.

Su nana la tomó de la mano y se la llevó a su cuarto, todo va a estar bien mi niña. No te preocupes por Alfredo, la acostó en su cama, se quedó acompañándola hasta que la dejó dormida.

Patricia llenó la tina, decidió relajarse con un baño, velas y una copa de vino, todo estaba en calma, no se escuchaba más que el silbido del viento, así pasaron un par de horas, pero un fuerte golpe y vidrios caer rompieron el silencio.

La nana corrió a la habitación principal, ahí estaba Patricia en una bata se seda roja, tirada en piso, llorando desconsoladamente, murmuraba: “Mi niña, mi niña, ahí estaba en el espejo, pero el payaso se la llevó”. Al fondo el espejo destrozado, rosas rojas que escurrían el agua del florero, también destrozado. Se levantó alterada fuera de si y corrió a buscar en la bolsa de su vestido la llave del ropero, lo abrió desesperadamente, entre la ropa estaba Alfredo. Lo sacudió fuertemente y lo aventó al suelo, luego volvió a encerrarlo. La nana la tomó del brazo y la ayudó a recostarse en la cama, estaba ausente, seguía diciendo “Mi niña, mi niña”.

A los pocos días regresó el padre de Graciela, ella estaba feliz, corrió para llegar a la puerta en cuanto escuchó el auto, se abrazaron como si hubieran pasado meses sin verse, Don Melitón le dio un regalo, una pequeña caja musical que tenía payasos, ella comenzó a llorar, cuando le preguntó que le pasaba, ella relató lo sucedido. Enfureció pero la nana lo calmó explicando que su esposa no estaba del todo bien, al llegar a su habitación, Patricia no parecía enferma al contrario estaba arreglada “Voy a salir con Edna a dar un paseo” le dijo, que me preparen en coche vamos a la ciudad.

Don Melitón comprendió que las cosas no andaban bien, dejó que su esposa saliera, para poder llamar a un amigo doctor, así fue que decidió internarla en una clínica psiquiátrica, para que la ayudaran a superar la perdida.

Graciela recuperó a Alfredo, en compañía de su nana pasaba los días.

Cuando Don Melitón visitaba a su esposa en el hospital, siempre era lo mismo “Escuchas la risa, oyes ese maldito payaso”, abrazaba una muñeca y la nombraba Edna, se negaba a ver a Graciela.

Pero en la casa, cada vez había más ambiente familiar, la nana y Don Melitón parecían muy unidos, Graciela estaba tan contenta, no más problemas para ella.

Hasta que llegó la tía Rosalba, quien había llegado para visitar a su hermana, furiosa se vio cuando se enteró que estaba en un hospital psiquiátrico y no le habían informado, ardió Troya, en ese momento salió corriendo al hospital.

Ya ahí, los médicos la pusieron al tanto de la situación, le hablaron de lo que decía ver, pero se les pasó mencionar la existencia de “Alfredo”.

La mañana siguiente en el desayuno, la mesa servida, fruta en los platos, jugo de naranja servido y pan recién horneado, flores y más flores. Vaya se sentía confundida, pues su cuñado la pasaba muy bien sin su hermana, en eso apareció Graciela de la mano del payaso. Al ver a Alfredo comenzó a interrogar a la niña, dime ¿De donde sacaste ese payaso? intentaba mantener la calma, pero de notaba angustiada. Graciela respondió María me pidió que lo cuidara.

Rosalba se desvaneció, Don Melitón se acercó a ayudarla, no entendía lo que sucedía, al reincorporarse no dijo una palabra, se fue a su habitación, después de un rato bajo, arrebato a Alfredo de las manos de Graciela y salió corriendo, todos corrieron tras de ella, entró a la capilla donde las veladoras encendidas alumbraban el lugar, quería quemar el payaso, pero tropezó con una banca, una veladora cayó sobre su vestido, comenzó a arder rápidamente, pero en el intento de proteger chocó con la cortina, Graciela alcanzó a rescatar su muñeco, pero por su tía nada se pudo hacer la capilla quedó hecha cenizas, todo fue tan rápido que nadie pudo ayudar.

Al funeral llegaron amigos de Rosalba de la ciudad, entre ellos uno que era su vecino de la infancia, Rolando, fue quien contó a su esposa está historia, dijo que al ver Graciela con Alfredo, vio el ella la mirada de María, una niña con la que solían jugar Rosalba y él en la enorme casa, en la que aún ya adulta vivía: estaba avergonzado,, nunca se atrevió a decir una palabra a nadie, hasta ese momento, por qué cuando habló con la Nana comprendió que todo está relacionado con el payaso.

Rosalba planeó una trampa para María, jugaron a las escondidas y ella la encerró en un armario, pero ella tenía miedo a la obscuridad, ellos eran niños nunca pensaron que podía morir de miedo, Alfredo era un payaso se María nunca soltaba, cuando regresaron a sacarla estaba helada, ya no tenía vida, fuimos con la madre de Rosalba y contamos lo que pasó, nos hizo prometer que nunca hablaríamos de eso, no supe que sucedió después. Y bueno un cobarde siempre callaría, dejó que Graciela siguiera con su vida en compañía de su payaso, hasta los 15 años en un accidente murió, pero a Alfredo nadie lo volvió a ver.