Guillermo El Salvaje

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Qué difícil es escribir sobre tu escritor favorito…

Mil y un vueltas le he dado en la cabeza a esas tres horas en la edición 42 de la Feria Nacional del Libro UASLP, tres horas en las que por primera vez, no tenía la opción de pausar, dar play de nuevo o regresarle por si no entendía algo. Tres horas en las que por primera vez, la internet no tuvo nada que ver.

No me siento cómodo al escribir palabras rimbombantes o analogías elaboradas y es que sería muy hipócrita hacerlo para hablar de Guillermo Arriaga, un autor al que si algo le sobra como escritor y como persona son huevos, carácter (adquirido a base de putazos en la Unidad Modelo) y una inteligencia brutal para hacer de una vida, mil vidas diferentes.

Un metro con ochenta y siete de estatura, la verdad jamás creí que fuera tan alto, una diferencia abismal a los 30 cm que mide en el monitor de mi computadora. Su mirada de cazador: fría y atenta, observando a un público que llenó la sede del evento, lo recibió con aplausos y uno que otro murmullo preguntándose quién era él.

Mi profesor y sabio maestro: Óscar Montero, amigo de Guillermo, es el encargado de abrir, lo hace leyendo un texto exquisito que retrata a la perfección lo que es Guillermo como autor y como su persona es parte de eso. Ojalá pudiera hacer lo mismo en estos momentos. Arriaga lo escucha, descubre cosas que no había visto en su obra, disfruta el texto, eso sí, de pie y siempre observando a sus presas, mismas que lo observan a él con atención. Como buen cazador, él ataca primero, factor sorpresa y, de pronto, ahí estábamos todos, capturados, cautivados e inmortalizados en una foto que presume en su cuenta de twitter (@G_Arriaga):

(Fotografía tomada por el propio Guillermo Arriaga)

La primera vez que leí a Arriaga fue con El Búfalo de la noche, una experiencia única, no se sentía como leer, no sentía que estuviera sentado con la mirada fija en letras diminutas; no, era como estar en la cabeza de una persona real, un tipo que vive en un mundo como el mío y que tiene dualidades como las mías. Fue la primera tarea que me dejó Óscar Montero en mi etapa de estudiante universitario.

“El Salvaje”, es el nombre de la novela que presentó Guillermo, un libro que le tomó escribir cinco años y medio, el 10% de su vida, comentó él. Realmente no platicó mucho sobre el libro, pero sí lo suficiente para generar expectativa en el público y vender varias copias del mismo. El discurso que le dio a los potosinos sobre su novela parecía construido con pedacitos de varias entrevistas que yo ya había visto en YouTube, eso sí, sacó algunas exclusivas, como por ejemplo los títulos de su filmografía no pública compuesta por: Amores de a perrito, Babel…belga pala todos, Te bufo en la noche y la autobiográfica (dijo él) 21 pulgadas. 

¡Ven!, les dije que la pretenciosidad y la pose no tenía lugar en esta columna.

La última vez que leí a Arriaga fue con “El Salvaje”, su más reciente novela, una experiencia que por increíble que parezca es fácil de describir, más no por ello simple. Fue una experiencia en la cual me sentí conectado como humano con la historia de Juan Guillermo y su lobo Colmillo y como ser vivo con la de Amaruq y Nujuaqtutuq, el lobo. Un libro que lo ves y espanta por su extensión, pero que lees y deseas que dure más por la cantidad de reflexiones que te invita a hacer el autor, nunca de manera directa, nunca considerando como idiota a su lector; no, te invita a hacerlo a través de la sutileza, de jugar en esa delgada línea entre lo real y lo ficticio, ya que al final, como el mismo Guillermo lo dice, esta es una historia basada en hechos reales que nunca ocurrieron.

El segundo micrófono salió, las preguntas se abrieron y las clásicas salieron, como: “¿Qué te inspira?” y “¿Cómo salió Amores Perros?”, esta última una pregunta que se repitió al menos tres veces (sí, seguidas), pero que cada vez fue contestada de manera diferente, y es que, si bien Guillermo no es pretencioso, es inteligente y sobre todo atento en todo y a todo, lograba ir más allá en las respuestas para entregar material que fuera de real valor para el que lo escuchara de nuevo, invitando a la reflexión sin hacerlo de manera directa.

La relación que tengo con los personajes de Arriaga es curiosa, no podría decir que su obra me cautivó y enamoró porque me hizo revivir algo a través de ellos, creo que, al contrario, estas personitas que él escribió, me sirvieron para ver un mundo que me era tan familiar de manera completamente distinta; eso sí, yo también odio a los Beatles. Con su obra me pasa algo curioso (y en especial con “El Salvaje”), siento una identificación con Guillermo cómo autor, con su forma de escribir a sus personajes y de tratar a la narrativa para contar sus historias. No me mal interpreten, no quiero decir que sea igual de bueno que él, ni nada por el estilo, pero hay algo en su obra que cada que la leo es como si pudiera sentir la conexión del autor con los personajes, la fascinación que él siente hacía ellos al explorarlos y la dedicación que le pone a cada uno, una dedicación que se nota en lo bien definidos que están.

No sé cómo, pero ahí estaba yo, parado con el micrófono en la mano frente a mi ídolo, sí es difícil escribir sobre él, imagínense hablarle con todo y el ego que me cargo, fue complicado, y sí, los nervios me traicionaron.

Aquel que escribe cine, teatro o novela, es escritor, así se dedique sólo al cine, es escritor; no es guionista, no,  es escritor. Eso es algo que yo he defendido siempre, algo por lo que constantemente he luchado y el día que tengo a mi escritor favorito, !madres!, que se me ocurre preguntar sobre su postura acerca de la labor del “guionista” actualmente en el mundo. Sí, la regué, pero lo bueno  es que Guillermo uso casi las mismas palabras que yo para defender la profesión del escritor. Y sí, ahí estaba yo, el que tanto defiende que el guion es narrativa, siendo regañado por haber formulado mal una pregunta, dando la impresión de caer en el (terrible) error común de creer en lo contrario. Eso sí, lejos de quedarme con el regaño, me quedé con la satisfacción de saber que ahora más (muchas más) personas tienen claro el por qué aquél que escribe para cine es y debe ser considerado como escritor, como el autor de la obra, no aquél que la interpreta. Supongo que es una paradoja tan curiosa como aquella del cazador que vive de dar vidas.

Los finales en la obra de Arriaga no suelen ser de cuento de hada, pero suelen ser finales que aterrizan en la realidad, que después de haber invitado a la reflexión a través de la introspección, te regresan al mundo real donde dichas reflexiones deberán ser aplicadas. Esos finales son los que no se acaban, los que perduran en el lector y el espectador.

La conferencia acabó y la firma de libros comenzó. Increíble como estando en la segunda fila, fui a terminar hasta casi el final de la misma para obtener mi autógrafo, de nuevo, tal vez víctima de los nervios. Después de un rato formado, por fin llegué a él, le di la mano a mi autor favorito, esas manos que han quitado vidas, pero que han encontrado el equilibro con las muchas otras que han dado. Me preguntó a que me dedicaba, no supe que decir, supongo que le dije que a escribir, entonces sobre lo que representa el 10% de su vida, me escribió algo, una lección de vida para el escritor.

Hermano de Carlos “El fuerte” y Jorge “El Valiente”, Guillermo “El Salvaje”, partió y ya nadie más de los asistentes se preguntó quién era. El cazador había cazado.

Qué fácil es recordar cuando conociste a tu escritor favorito.

Nos leemos en la siguiente

Aldo Patlán