Este cuento fue escrito en enero del presente año para un concurso de la revista Letras Libres sobre la rifa del avión presidencial, cuando aún no se revelaban más datos sobre el procedimiento de la rifa. Como parte de las bases el cuento tenía que iniciar con la frase “Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial”, asimismo debía contar con no más de 8 mil caracteres.

Edad sugerida: adolescentes y adultos.

El avión presidencial

Por Emmanuel Campillo

“Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial”, así empezaba en mi mente la noticia de los periódicos, explicando cómo un alma insulsa conseguía ganar vía lotería el avión del presidente. Especialmente cuando esta insulsa alma había despotricado a través de un artículo sobre la ridícula idea de rifar un avión cuyo mantenimiento cuesta millones y todo para que el gobierno pudiera mostrarse disque congruente con su política de austeridad. Cabe aclarar que el artículo donde despotriqué contra las decisiones de nuestro presidente, como muchos otros artículos antes, fue encargo del periódico donde trabajaba. Lo mío son las noticias, frías, objetivas, tan ajenas a mí en el papel como en la realidad, pero mi jefe, convencido de mis habilidades, me obligaba a emitir opiniones que no deseo formular en artículos que hablan siempre de lo mismo: injusticias, violencia, crueldad, hambre, miseria, medidas pusilánimes y una lista de nunca acabar. A mí realmente ya no me importa, he visto tanto rojo escurrir por las calles que estoy casi convencido que siempre estuvieron teñidas de muerte. 

La llamada para reclamar el premio de la estrambótica lotería resultó incómoda e inverosímil; una voz salida de un celular me confirmaba que era, a partir de ese momento, propietario de un vehículo de más de mil millones de pesos. Apenas colgué el teléfono reparé en que tendría que pagar cientos de miles por la renta del hangar. Di un sorbo al café que estaba frente a mí, encendí un cigarro y medité sobre cuál sería mi siguiente paso. De pronto, tuve una epifanía gracias a la sabiduría popular de mi México querido. La solución era simple, así como los miles de asaltantes que pululan entre el smog y el pavimento se deshacen de los artículos robados malvendiéndolos, y teniendo en cuenta que ninguna casa de empeño aceptaría un jodido avión, tenía que venderlo por una cantidad ridícula para el valor del producto, aunque inmensa para mí, como para renunciar a emitir opiniones sobre personas que no me importan, redactar noticias sobre muertes tan repetitivas que dan pereza e imprimir cifras de desaparecidos que no me quitan el sueño. Una jubilación muy ad hoc al crepúsculo de mi vida y la de mi nación.

Empecé con 90, luego él contraatacó con 70. Comenzó el regateo. Que 85, que 87, que 80, que 78 y dije “acepto”. Un estrechamiento de manos cerró la negociación. La regordeta y canosa cara del hombre frente a mí se iluminaba por una sonrisa maliciosa, no de quién piensa que te ha ganado, sino de una extraña complicidad, muy diferente a la reticente mirada que trataba de escudriñar mis intenciones unos segundos antes al querer malvender con semejante soltura un avión que más de un presidente había pisado. Entendió entonces el célebre empresario que nos estábamos haciendo un favor, él me quitaba el peso del avión y yo prácticamente se lo regalaba. Un séquito de abogados entró en la oficina color marfil y con la parsimonia de los criados de la realeza decimonónica nos rodearon, recitaron una letanía de procedimientos legales donde aceptaba ceder los derechos de reclamo de la aeronave a cambio de una compensación económica. El trámite, a parte de pomposo, se llevó a cabo de forma legal y transparente. Después de todo, iba a ser noticia nacional y lo mejor, no sería escrita por mí. Abandoné el imponente inmueble y subí en la camioneta donde un amable chofer mostraba su asalariada disposición de llevarme a casa. Al atravesar la verja nos topamos con la manada de manifestantes que tan difícil habían hecho mi acceso a la mansión. En sus rostros rabiosos y coléricos se vislumbraba una chispa revolucionaria rápidamente ahogada por un odio descerebrado. La camioneta seguía avanzando, lentamente sorteando a los inconformes que cargaban con carteles denunciando las supuestas actividades ilegales del magnate con el que acababa de estrechar la mano. “No más privilegios”, “No a la destrucción de manglares”, leía en los carteles, y recordé la noticia que escribí sobre la presunta destrucción de un manglar, y que quede claro que no estoy injuriando como ellos, era presunta porque no había pruebas y no me molestaba porque no me interesaba saber la verdad. Un cartel llamó mi atención: “muerte a los fifís”, decía con letras rojas suspendidas en un cartón color ocre. Me hacía consciente de cómo me deslizaba entre los furiosos y recelosos extremos de nuestra sociedad. Me preguntaba de parte de quién se posicionaba el sumiso conductor, si veía con fidelidad el espejo retrovisor, o si quería arrancarse el coche de encima y fundirse entre los cuerpos alebrestados que nos rodeaban, y yo incólume, sin preguntarme qué partido tomar. Cómo si uno fuera mejor que el otro. Mierderos chairos y fifís, se pueden morir todos. La historia de la simiesca humanidad se ha dividido en dicotomías estúpidas, que si paganos y cristianos, cristianos y protestantes, religiosos y ateos, occidente hace caber la realidad en una conceptualización binaria absurda, y hablo de occidente porque oriental no soy, que ellos tiren su propia mierda sobre sus cimientos históricos. Por mí, el chofer entre su disyuntiva ideológica bien podía pisar a fondo el acelerador y bajar un poco la tasa de pobreza del país mientras estalla la mansión tras nosotros quemando lentamente el apellido con todo y su alcurnia, siempre y cuando yo esté con mi cheque intacto. 

Entré a mi casa, me recosté en la cama y mi mirada se perdió en los muros. Levité somnoliento sobre una idea, finalmente podría en mi retiro hacer lo que siempre había deseado, escribir, pero no noticias ni nada periodístico o relacionado con la malsana realidad y sus purulentos habitantes,  sino escribir ficción, creando belleza, alejado de todo lo que me rodea, siendo una isla en mí mismo, sordo para los doloridos aullidos de fuera, como Goya en la Quinta del Sordo, listo para conjurar en el aquelarre, aunque con tinta en vez de pintura y sobre el lienzo de mi mente, la única realidad donde puedo ser feliz. Agasajado en el vaticinio de mi porvenir, dormí.

Al día siguiente, tras salir del banco, dejando segura en mis arcas mi humilde fortuna, me dirigí a una joyería donde me di el lujo de comprar una herramienta para escribirme un mejor futuro, una pluma incrustada de diamantes. Satisfecho con mi compra entré a un café, pedí un americano grande y me vi navegando entre el oleaje de noticias sobre la entrega del avión a un empresario billonario, de su compra al ganador, con las cifras y las actas mostradas públicamente para fines de transparencia. Mi foto aparecía en todos lados, porque al parecer ningún periodista sabe que es ilegal ¿pero a quién le importa? “Pendejo”, “genio”, “mediocre”, “vivo”, “oportunista”, me llamaban por malvender el puñetero avión. Harto de estar en tantas lenguas bífidas, a riesgo de envenenarme, me retiré del café. Una vez fuera del murmullo, el silencio de la calle me inundó. Caminaba hacia mi casa cuando noté que un chico me seguía, la calle estaba casi desierta y deseé estar entre la vípera compañía que acababa de abandonar. Aceleré el paso con esperanzas de que dejara de seguirme, pero seguía ahí. Di vuelta en la esquina y me topé con otro joven, que me cerró el paso, sentía en mi nuca la respiración del primer chico. Resulta que eran compañeros y presuntamente (para no injuriar) me habían seguido desde la joyería, presuntamente me acuchillaron al resistirme, me robaron mi cartera y por supuesto mi pluma, y presuntamente me dejaron tirado tras una última estocada propinada solamente por el gusto de hacerlo, y me quedé ahí ahogándome en mi propia sangre, hasta que no respiré más.

Mientras el magnate volaba a las Maldivas en su nuevo avión y el presidente volaba (en un vuelo comercial, por supuesto) a algún mitin a regocijarse en su austeridad, yo volaba directito a la mierda ¿Qué cómo puede un muerto contarles su historia? ¡¿Qué no saben?! La historia de México se cuenta en muertos y ahora sus muertos la cuentan.