Cuento “El café estaba frío”

San Luis Potosí, S.L.P. México

0
652

Desperté   algo  desconcertado,  mi  mente   daba   vueltas   tratando   de ubicarse  en el tiempo. La luz del sol cubría el alféizar y avanzaba hacia el sillón mecedor de Ana, su tapiz se volvía rosáceo a su paso. Volteé al lado derecho de mi cama, estaba vacío; Ana ya había despertado. Me levanté y me puse la bata cuando un agradable olor invadió la habitación, seguro Ana estaba haciendo el café. La llamé y no contestó, entonces recordé su tierna costumbre de desayunar con flores en la mesa, siempre lirios. Sus padres eran floristas y creció en una casa inundada de coloridos perfumes.  Parecía importarle más que el desayuno mismo, aunque por supuesto no más que el café, su verdadero y único vicio. Me acostumbré a desayunar en una atmósfera con una delicada combinación entre lirios y café.

Mi mente se llenó de recuerdos, parecía que el olor a café había abierto una sección de mi memoria que hacía mucho tiempo no lo hacía; recordé como era su rostro cuando la conocí, la noche de bodas, las olas empapando su vestido azulado por la luz de la luna. Salí de mi ensimismamiento y me dirigí a la cocina, en la cafetera vi un papel pagado que decía: “Regreso enseguida Ángel, el café está listo”. Bajé el florero de la repisa, le vacié agua y lo puse en la mesa. Me dispuse a preparar la mesa, saqué dos tazas y serví el café, que despedía un denso vapor.

Busqué el periódico bajo la puerta y no estaba ahí, me extrañaba, eran las nueve, ya tenía que haber llegado. Entré a mi oficina y busqué mis cigarros, no los encontré, no recordaba dónde los había puesto. Traté de hacer memoria sin éxito, situación que me desesperó, busqué en todos los cajones ansiosamente  hasta que en uno encontré una vieja cajetilla, me dirigí a la terraza, saqué un cigarro y lo prendí. Una brisa húmeda recorrió la terraza, acelere las bocanadas para volver al calor de la casa, terminé mi cigarro y regresé a la cocina. Habían pasado ya muchos minutos y Ana no volvía, la florería estaba a tan solo dos calles.  Me senté, mis manos temblaban nerviosas, di un sorbo al café, que ahora apenas despedía vapor. Mi preocupación aumentó, me dispuse a  dirigirme a mi habitación para vestirme y salir a la calle a buscarla, cuando escuché que se abrió la puerta, volteé rápidamente y me sobresalté, no era Ana quien entraba, sino un muchacho vestido de blanco cargando una bolsa de papel con flores brotando por encima. Exaltado, hice un brusco movimiento que tiró la silla hacia atrás, provocando un desagradable sonido.

-Señor Ángel ¿se encuentra bien?- preguntó el muchacho.

-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?- la palabras salían de mi boca de una forma tan automática como prácticamente ininteligible.

-Ángel traje sus medicinas, tranquilo, me conoce, soy Alonso su enfermero ¿lo recuerda? Vengo con usted todas las mañanas.- respondió con tranquilidad.

 -Yo no… ¿Dónde está Ana?

-Mire, traje las flores. Le gusta desayunar con flores en la mesa, siempre lo ha hecho así ¿recuerda?

Mi mente daba vueltas, sentí que perdía el equilibro, retrocedí hasta chocar con la puerta de la despensa, el chico tenía algo de familiar, pero no encontraba en mi mente el más mínimo recuerdo. El joven colocó las flores en el florero de forma tranquila y parsimoniosa, levantó la silla, la acomodó en su lugar, me miró con cariño mientras sacaba un frasco de la bolsa.

-Fui con el doctor Martínez por las medicinas, usted es su paciente ¿lo recuerda? Yo soy Alonso y cuido de usted en las mañanas.

-¿Dónde está Ana? Pregunté desesperado.

-Está de viaje, pero pronto volverá- respondió con un tono que pese a lo apacible no me resultaba tranquilizante.

-¿A dónde fue?- pregunté confundido, mi mente se llenaba de recuerdos incompletos, sumergidos en una nebulosa laguna.

-Salió de la ciudad pero regresará pronto, acuérdese de mí señor Ángel- su manera de hablar parecía tratar de restar importancia la confusa situación.

Vagamente recordé la prolongada ausencia de Ana, cuanto la extrañaba, mi cuerpo se bloqueó tanto como mi mente, que trataba desentrañar mi huracanada memoria.

El chico se acercó y cariñosamente puso su mano en mi hombro.

 -Traje flores porque le recuerdan a Ana, siempre lo quiere así- dijo.

Al estar tan cerca de mí percibí su olor, olía a desinfectante médico, mi mente viajó entre consultorios y hospitales guiado por el aroma, entonces los nubarrones de mi mente se disiparon, retrocedí un poco comencé a temblar. Todo daba vueltas, choqué con la mesa, las tazas se tambalearon y se derramaron algunas gotas de café. Una profunda desolación me inundó, apenas podía respirar. Por mi mente circularon imágenes que había olvidado, recordé a Alonso y las medicinas. Tambaleándome me senté, me quede quieto, pasmado, respirando lentamente. El café estaba frío y mi Ana no estaba conmigo.