Cuento “Ojos como las hojas”

San Luis Potosí, S.L.P. México

0
218

Yo no entendía por qué estaba ahí, me miraban con ira, casi con asco. Sus placas brillaban, uno era alto y tomaba café y el otro era bajo, rechinaba sus dientes, se acercó.  – ¿Qué sabes de la chica? ¿Qué le hizo tu hermano? – dijo. Vi el papel que me acercó, en él estaba una cara, me era familiar, la había visto.

– Te lo dije, esta taradito, no lograremos nada – dijo el del café.

– No me importa que tan tarado sea, algo tuvo que haber visto ¡El muy cabrón lo sabe! Es cómplice, por muy idiota que sea – respondió el más bajo.

El estómago me hacía ruidos y entonces quería llorar y entonces lloré y dije “hambre”. Yo sabía que ellos tenían mis emparedados, ellos los tomaron, entraron en la casa, lastimaron a Nico mientras yo comía, le sujetaron las manos con metales y se lo llevaron, luego me llevaron a mí, tenía la bolsa con los emparedados en la mano, no me dejaron comerlos, me los quitaron cuando llegamos a esa habitación oscura con una sola lámpara.

-Comerás cuando digas algo que ayude. Si puedes decir “hambre” puedes decir algo útil- dijo, entonces golpeó la mesa y me asustó, dio un sorbo a su café. Ya no quería llorar, pero me quería ir.

Se miraban y luego me miraban – ¿Estaba Nico en casa ayer por la noche? –  preguntó el más bajo.   – ¿Viste a esta chica en tu casa? – me mostró el papel de nuevo – ella es Cristina, y una amiga suya dice que se fue de un bar con Nico, tu hermano, después le llamó, contestó, escuchó ruidos, como un forcejeo y nadie ha sabido nada de ella desde entonces ¿La viste en tu casa anoche? -.

Balbuceé, tenía hambre. Volví a ver el papel, ella tenía los ojos como Mamá, eran como las semillas, como las hojas cuando comienza el frío, entonces quería ver a Mamá.

-Algún día, tras mucho tiempo volverás a ver a Mamá- dijo Nico, estaba llorando, pero él nunca lloraba y todos decían “mi más sentido pésame” y vestían negro, y Nico me llevó de la mano y entramos a casa y lloró y golpeó la mesa.

Ellos me miraban con atención, veían que miraba la foto, que la veía a ella, sus ojos eran como las hojas en el frío. Nico cerraba mi puerta en las noches, siempre lo hacía, yo lo miraba por la ventana. Ellas siempre tenían ojos como las hojas y mejillas como manzanas, así como ella en el papel que tenía en las manos. Ella lo abrazaba y lo besaba, se veía feliz. Fueron a la habitación de Nico, después ambos gritaban, luego sólo ella gritaba, pero ya no se oía feliz, gritaba como las otras con ojos como las hojas gritaban. Escuché ruidos, golpes, las puertas y muebles retumbaban y ella no dejaba de gritar, después su gritó se ahogó, oí que Nico abría la puerta y escuché que arrastraba algo, el sonido se deslizaba por la alfombra con sus lentos pasos, entonces bajó al cuarto que huele mal, escuché que serruchaba, el agudo sonido de los cuchillos al chocar con la charola penetraba en mis oídos, intentaba dormir, pero escuché la pala y somnoliento olí el horno. Finalmente me dormí.

Un fuerte sonido me asustó, el hombre alto había golpeado la mesa – ¿Dónde está la chica?- dijo. Su placa se movía como péndulo en su pecho. Se escuchó un sonido y dejó su café y contestó su teléfono -Entiendo… ¿Nada? ¿en ningún lugar? –  Enojado colgó.

 ¿Qué pasa? -Preguntó el otro.

Acabaron de registrar la casa, no hay nada, harán análisis de huellas, de momento no tenemos nada. – Me veían con caras de enojo, aunque con algo de lástima.

– Por Dios, ni siquiera entiende qué pasa- dijo el más alto, el otro lo miró con dureza, mi estómago volvió a doler y dije “hambre”.

 Iré por el condenado emparedado- dijo el más alto.

Nico dijo que había sido un buen chico, que no lo había molestado durante la noche y por eso me preparó con carne de la mejor calidad unos emparedados, como cada noche que está con ellas. Cortó la carne en pequeños trozos y los puso entre los panes que estaban finamente cubiertos de mantequilla.

El hombre de la placa llegó con mis emparedados, abrió la puerta y me dejo ir, afuera estaba Nico, se veía enojado, me abrazó.

-Espero que lo hayan tratado bien ¡No tiene nada que puedan usar en mi contra! –  dijo.

Entonces caminó, lo seguí, los hombres de las placas nos miraban y yo mordí mi emparedado.