Juan Rulfo, otra vez

Por: José Luis Bobadilla

   La dimensión de la obra de Juan Rulfo es tal que no puede sino seguir asombrándonos. Hace poco leí por primera vez “Castillo de Teayo”, un texto poco conocido incluido en el libro Juan Rulfo. Letras e imágenes (Editorial RM, 2002). Ahí se repite del mismo modo contundente que en el resto de sus páginas, la energía de su escritura, la sabia y expresiva organización de sus palabras. Se repite también el uso de las frases próximas al habla que caracterizan su obra y que nos unen con el pasado. Son formas de la oralidad, variaciones que, como dice el lingüista Walter J. Ong, permiten que la poesía suceda acumulando desde el pasado, la sabiduría en el caso de Rulfo, de los mexicanos.
El escritor jalisciense sabía que desde la Conquista los indios de México, como consecuencia de la violencia, no habían logrado integrarse al proyecto de los conquistadores españoles y sus más adelante de sus continuadores en el poder. En el “Castillo de Teayo”, Rulfo cuenta que una “gran piedra”, un ídolo, ha quedado por ahí tirado en la selva, luego dice por intermediación de un personaje: “-Esta cosa no está sola. Hay muchas. Se han llevado algunas. Pero todavía quedan muchas. Quedarán siempre. En esos cerros, en aquellos, en aquellos otros hay bastantes. Hemos desenterrado algunas y ahí han quedado. Aquí se puede decir que pasado mañana volverán a estar enterradas, porque aquí el monte se reproduce y crece de la noche a la mañana, y cada rato engorda como un animal…”.
Más adelante, hacia el final del relato, el mismo personaje dirá: “Pero no fueron los mexicanos los que dejaron esto así como está. No fueron ellos los que mataron a los dioses, bajándolos de sus altares y despedazándolos para después desperdigarlos como piedras inservibles por todas partes. No, los mexicanos se fueron un día a defender a su país y ya no volvieron. Quienes acabaron con los dioses de Teayo fue esa gente que se llamó «gente de razón» y que hizo la conquista de esta tierras…”.
Rulfo entendía que el hecho histórico de la Conquista había obstruido el desarrollo de una cultura, pero no la había ni exterminado, ni tampoco eliminado, y mucho menos había conseguido integrarla. Los ídolos en la selva “quedarán siempre” y cíclicamente aparecerán aquí y allá hasta que volvamos a darles un espacio en éste que también es su lugar.
A partir de lo anterior, es interesante reconocer también el interés de Rulfo por la obra de los cronistas, como un lugar literario en dónde el habla y la literatura concurrieron de una forma imprevisible, fundando la tradición literaria de México. En su trabajo “Juan Rulfo y Bernal Díaz: la invención de la escritura poética” (El poeta y su trabajo 32, Primavera 2009), Enrique Flores elabora la compleja relación de Rulfo con los cronistas y con el habla, el lenguaje que de alguna forma lograron registrar en sus documentos, y cito: “Aún así, dice Rulfo en [una] entrevista (refiriéndose a los cronistas, a Bernal Díaz del Castillo) “Creo que son las obras mejor hechas (distinguiendo que no son explícitamente literatura), mejor construidas y las que conservan con más bondad la belleza del castellano”. Y aquí Rulfo alude a lo principal: a un tono, a una manera particular de articular la lengua que “Está [en] la raíz de lo poco que aún se conserva en México y en otros países de América Latina, quizás de todos lados, del verdadero castellano y de su espíritu. ¿A qué lengua se refiere Rulfo?”. Se pregunta el autor, y continúa: “Resulta extraño que sea él precisamente quien viene a hablarnos, si no de la pureza de la lengua, sí del “verdadero castellano y de su espíritu”. Y es que lo que subraya Rulfo, lo que quiere hacernos escuchar, es una entonación peculiar depositada en la escritura: una entonación que sólo excepcionalmente podemos descubrir en la tradición literaria mexicana, en la llamada “literatura nacional”, dada su repulsa -que contrasta con otras tradiciones, como la rioplatense- por los registros americanos del habla y de la lengua materna”.
Pero sobre todo, lo que me interesa de este trabajo de Enrique Flores, es la mención del concepto de “Lengua materna”, continuamente repudiada por la literatura mexicana. Rulfo, sin embargo, la utiliza. Antes que desterrar, abraza un vocabulario, un cúmulo de palabras, que hasta el instante en que él las utilizó, estaban al margen de la literatura. Esto no es, por supuesto cualquier cosa, y pensemos en palabras como: “Engarruñándose”, “Apalcuachara”, “Entelerido”, entre muchas otras; o incluso “Chachalacas” (por las que Rulfo sentía cierta predilección, esto al parecer, por el número de veces que aparecen en distintos relatos), y que están ahí, revisémoslo bien, por sus “ch“; ninguna de ellas cabía antes en la literatura, su utilización vuelve flexible un idioma y una lengua, pero sobre todo enriquece una expresión literaria, y por lo mismo humana.* Y he aquí otro eslabón en la relación de Rulfo con la poesía, pues no es solamente el habla, un sistema dentro de un conjunto mayor llamado lengua, lo que Juan Rulfo modela en su literatura, sino algo más profundo y específico, y que está dado en la relación que establecemos con el lenguaje en nuestra primera infancia: “La privacidad -dice Juan José Saer- en sentido estricto, el uso personal de la lengua, es el jardín secreto en el que cada uno cultiva las especies de su predilección. En ese espacio íntimo, las leyes del idioma se relativizan y la infancia que persiste en el adulto, la ensoñación, la somnolencia incitan a veces a retorcerles el cuello a las palabras como otros antes a la retórica o al cisne. La acumulación asociativa única que el uso personal de las palabras obtiene en el transcurso de una existencia le da a cada una el tenor de una pieza única que reúne en ella, más allá del significado estricto que le atribuyen las gramáticas, la paleta multicolor de connotaciones recogidas en su ir y venir por los campos de la experiencia. El verde de la hierba no es un mero adjetivo, sino la vivencia simultánea de los mil matices de verde percibidos y almacenados en la memoria. Esa intimidad con las palabras, solamente es posible en el ámbito de la lengua materna. Más allá de la corrección gramatical, de la pertinencia conceptual, en las zonas porosas y ambiguas del lenguaje, vecinas del fantasma o del sueño, de la interpretación subjetiva, de la materialidad pura del signo, en sus infinitos usos no literarios, la lengua materna nutre sus reservas inagotables y secretas de poesía”. (“El jardín secreto”, El poeta y su trabajo, n. 18, Invierno 2004).
Desde esta perspectiva leer de nuevo, por ejemplo “Macario” quizá nos permita entender que cada una de las breves oraciones que componen el cuento son, en realidad, el ritmo sincopado, los tropiezos, la incorrección de quien comienza abrirse paso en el manejo de un idioma y al mismo tiempo la actualización de una experiencia que se evoca del pasado del idioma gracias a las palabras que intentan nombrar, paradójicamente, por primera vez lo que se vive y experimenta. El monólogo de Macario es bastante complejo en su estructura, y el discurrir de la conciencia del narrador no es para un lector poco habituado con la literatura contemporánea. Sin embargo, si uno logra hacer a un lado lo que se cuenta, lo que queda es una deriva, un titubeo, una serie de asociaciones, de imágenes, de sonidos que se relacionan más o menos del mismo modo en que Arthur Rimbaud quería que su poesía funcionara, como explica en su famosa “Carta del vidente”, haciendo que la organización de las palabras dentro del poema produzcan un “largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”.
Por último, y al margen de lo anterior, quisiera celebrar la aparición del libro Juan Rulfo. Textos sobre José Guadalupe de Anda, Rafael F. Muñoz y Mariano Azuela (2011), publicado por la Universidad Autónoma de Aguascalientes y la Fundación Juan Rulfo. El libro muestra la poco conocida pero no por esto menos importante capacidad de Rulfo como crítico. Sus observaciones sobre estos tres escritores son precisas e inteligentes y no poseen un afán protagónico o pretencioso. El trabajo sobre Muñoz es excelente y nos obliga a repasar la obra del novelista de la Revolución. Un atractivo especial de este libro es que entre las líneas que Rulfo dedica a estos autores se deslizan comentarios que no podemos leer sino como fragmentos de una poética que es sin duda, la del mayor poeta que nuestra literatura ha tenido: “Pues el que tiene suficiente material para crear logra hacer arte aún de una gota de rocío caída en cualquier punta de una hoja”.
* Este aspecto de su obra, aunque no necesariamente deriva de su relación con la poesía, sí se vincula con el lenguaje que creó, con su vocabulario, el cual es sin duda muy rico y preciso, pero lo más interesante es que logró incorporar parte de las palabras del pasado y del presente del desarrollo de la lengua en México, con una tino impecable. De esta manera, permitió que zonas de la lengua y fuera de la literatura -específicamente las más íntimas, aunque también las más expuestas y comunes-, se sumaran al corpus de la expresión literaria que de otro modo, dado su poco prestigio o utilización, otros autores hubieran o han dejado fuera. El cuidado de Rulfo al respecto fue en extremo meticuloso, pues no pintó solamente por aquí y por allá, de manera digamos “folclórica”, sus narraciones. Este argumento para muchos descalificador, queda desde mi punto de vista zanjado, desde el momento en que pensamos que más allá de los personajes, de su modo de hablar y de los lugares donde se mueven, las narraciones rulfianas asimilan e inventan las más novedosas estructuras y recursos de expresión que la literatura de su tiempo y de su contexto, pudieron desarrollar.
 

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