Rubén Darío

        Félix Rubén García Sarmiento , mejor conocido como Rubén Darío, nace un 18 de Enero de 1867 en Nicaragua. Iniciador y máximo representante del Modernismo hispanoamericano y quien es llamado “El Príncipe de las Letras Castellanas”. Es autor de “Azul”, “Prosas profundas” y “El canto errante”, entre otras obras. Darío hizo suyo el lema de su admirado Paul Verlaine: “De la musique avant toute chose”. Para él, como para todos los modernistas, la poesía era, ante todo, música. De ahí la importancia al ritmo. Su obra supuso una auténtica revolución en la métrica castellana.  Rubén Darío es sin duda el mayor y mejor exponente de la adaptación de los ritmos de las literaturas clásicas (grecorromanas) a la lírica hispánica.

Darío llegó a ser un poeta extremadamente popular, cuyas obras se memorizaban en las escuelas de todos los países hispanohablantes y eran imitadas por cientos de jóvenes poetas. 

Algunos de sus poemas poemas:

Lo Fatal

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque esa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,

ni de dónde venimos!…

 

 

Nocturno

Silencio de la noche, doloroso silencio

nocturno… ¿Por qué el alma tiembla de tal manera?

Oigo el zumbido de mi sangre,

dentro de mi cráneo pasa una suave tormenta.

¡Insomnio! No poder dormir, y, sin embargo,

soñar. Ser la auto-pieza

de disección espiritual, ¡el auto-Hamlet!

Diluir mi tristeza

en un vino de noche

en el maravilloso cristal de las tinieblas…

Y me digo: ¿a qué hora vendrá el alba?

Se ha cerrado una puerta…

Ha pasado un transeúnte…

Ha dado el reloj trece horas… ¡Si será Ella!…

 

 

El Canto errante

El cantor va por todo el mundo

sonriente o meditabundo.

El cantor va sobre la tierra

en blanca paz o en roja guerra.

Sobre el lomo del elefante

por la enorme India alucinante.

En palanquín y en seda fina

por el corazón de la China;

en automóvil en Lutecia;

en negra góndola en Venecia;

sobre las pampas y los llanos

en los potros americanos;

por el río va en la canoa,

o se le ve sobre la proa

de un steamer sobre el vasto mar,

o en un vagón de sleeping-car.

El dromedario del desierto,

barco vivo, le lleva a un puerto.

Sobre el raudo trineo trepa

en la blancura de la estepa.

O en el silencio de cristal

que ama la aurora boreal.

El cantor va a pie por los prados,

entre las siembras y ganados.

Y entra en su Londres en el tren,

y en asno a su Jerusalén.

Con estafetas y con malas,

va el cantor por la humanidad.

En canto vuela, con sus alas:

Armonía y Eternidad.