GRAN EXPONENTE DEL SIGLO DE ORO

   Hace mucho tiempo, para ser exactos un 12 de noviembre de 1648, nació un nuevo ser en la hacienda de San Miguel Nepantla, Estado de México. A los tres años de edad aprendió  a leer y escribir.  Durante su niñez y oyendo a escondidas, aprendió a dominar el latín en 20 clases.  A los ocho años comenzaba a redactar poesía, sabía contar y bordar.

Su ambición y hambre de saber, la llevaron a enfrentarse con los convencionalismos de su tiempo, los cuales no veían con buenos ojos que una mujer tuviera gran capacidad intelectual y un pensamiento independiente.

Estudiaba tanto y tenía una gran obstinación por aprender que se cortaba el cabello, con el objetivo de que en el momento de que le volviera a crecer ya habría aprendido algo que deseaba.  Se dedicó en especial, al estudio y la escritura.

A sus 17 años aproximadamente, accede a la corte virreinal como dama de compañía de una de las virreinas, por lo cual, tuvo acceso a la biblioteca virreinal. Resaltaba tanto en la corte, por su gran inteligencia y habilidad.  Años más tarde ingresó al convento de San José de las Carmelitas Descalzas, pues esta era la única opción que tenía de seguir estudiando, pero tres meses después, se retiró del lugar.

Era llamada para escribir obras por encargo, hizo villancicos para las festividades religiosas, sonetos, rondillas, décimas, silvas y liras que ella misma componía. Tenía una biblioteca personal que era considerada la más gran de la Nueva España. Dominaba el teatro y la prosa.

Y es que esta mujer es una escritora mexicana que se convirtió en una de las figuras más grandes de las letras hispanoamericanas del siglo XVII y defendió el derecho de a acceder al conocimiento sin importar el sexo y es nada más y nada menos que:

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Enseguida, te compartimos uno de los poemas más conocidos escrito por ella.

¿Recordarás haber escuchado por ahí una frase célebre que dice: Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón?

 

REDONDILLAS

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Cambatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?
Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por crüel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Más, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.