Ceremonia Wixárika en Ajijic, Jalisco

Ajijic, Jalisco.

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Ceremonia Wixárika En Ajijic, Jalisco.

     Hombre pájaro, hombre águila, escucho tus cantos en la zona energética de mi ombligo ¿Estoy recostado o sentado? Estoy bailando El universo una choza huichol, que resplandece a contraluz de manera impresionante, el Marakame tejiendo los sueños cuando alrededor del Tatewari la verdadera medicina, el mañana ha terminado para siempre, es el ocaso y renacer de todos los dioses.

Nos acercamos cada vez más al cielo, la fila india para el encendido de velas aromáticas, cuyo encendido es tan solo un instante fugaz que debe repetirse seis veces, seis el número de los opuestos, lucha terrible entre elegir este camino o aquel, entre el amor o la lujuria, los mensajes en lengua Wixarika eran entendibles solo por el nivel de vibración según nos guiaba el “abuelo de abuelos” el tataei Hikuri.

Si el Marakame me barre con sus plumas de Águila, siento un vértigo inmediato, abismo negro escupe en mí su leyenda de agua, para quitarme lo atontado de esta vida, llena de miseria, marihuana y alcohol uno a uno los participantes enfrentan su destino al ser limpiados por Ascensión hombre medicina de poder huichol, estamos inmersos en su territorio espiritual el controla el ritual, el viaje sagrado, esperando con ansias que el jicareo Francisco nos regale un pedazo de la carne del venado azul.

Los pasos del baile alrededor del fuego, marcados por el ritmo del Xaweri (violín Wixárika) y sus cantos de música tradicional, cantos sagrados hipnóticos a Haramara la deidad en San Blas Nayarit el sonido del tambor es algo fuera de toda explicación de tanta intensidad, que las actitudes tímidas de los desconocidos entre sí se van reformando en una actitud dócil y agradable.

El espacio tiempo se ensancha. Las deidades han sido convocadas, me siento como el apóstol de un dios inimaginable, dejó por un rato la cámara, pues he perdido todo sentido del lugar, en verdad me veo en el desierto y con el ritmo del Te (tambor) las caras de mestizos y extranjeros le han diluido en la fase humilde de mi cantador, me vi de niño en la iglesia de un pueblo, intente volver a enfocar el rostro del abuelo, tenia parecido a todos los rostros humanos, mire a mi vecina de al lado estaba en trance con los ojos cerrados.

Silencio, en el intento del amanecer, la diosa de la lluvia se encima entre los participantes del mitote trascendental, algunas nubes escondidas en la oscuridad intentan despertar al dios del trueno todos los espíritus de las deidades están presentes, los percibo, venidos de todos los puntos mágicos wirrarikas, de Cerro Gordo en Durango, De San Blas De Santa Catarina, yo vengo de Wirikuta allá en el este del desierto de San Luis Potosí.

La voz metálica del cantador indica de nuevo que la celebración continúa, hay que quemar más leña más copal, bendecir la carne del venado, las plumas, cuando ya se ha hecho una limpia preliminar, se ha ofrendado una vara de madera, prendido la vela personal de la vida y de la muerte, estamos listos para agradecer a la madre tierra el permitirnos estar aquí en este momento tan ceremonial tan increíblemente maravilloso.

El impresionante Marakame levanta sus plumas hacia el horizonte. Está consagrando su vida y su simbolismo de sangre, maíz, agua, venado, ocote, puerco espín, ojo de dios, por los ahí presentes, hace unos pasos del baile de nuestra madre “Tateik Neixa” pormenorizando siglos de sabiduría, en unos impecables pasos de danza y empieza a tocar frenéticamente su violín advirtiendo a los imprudentes que el momento de comer hikuri más allá de la medianoche ha llegado.