La cita al ritual estaba pactada, domingo 26 de febrero de 2017.

Así como hace unas semanas los aficionados al americano se prepararon con bolsas de botanas y alitas, los cinéfilos hicieron lo propio, junto a su Smartphone donde ya tenían listo el PDF con su quiniela para competir con sus amigos y ver quién conoce mejor esa industria que gusta y promueve tanto la auto celebración.

La ceremonia empezó, las estrellas desfilaron por la alfombra roja, al ritmo de una señora hojeando la revista con los mejores vestidos mientras le hacen el permanente en el salón de belleza. Eso es todo lo que sé del inicio de la ceremonia, no vi más, realmente no encuentro interés alguno en dichos premios.

Con tanto amigo conocedor y cinéfilo en Facebook, me es imposible alejarme de esto, por más que quiera, así comencé a ver como celebraban premios en sus post, como si ellos hubieran hecho el trabajo premiado, también los vi quejarse, en especial a mi amigo Arturo quién saltó en una enfurecida queja contra la academia por premiar un corto documental sólo por estar en Netflix, según él dice; realmente yo no vi ninguno de los nominados, y mentiría si les digo que lo haré, ante dicho comentario mi amigo Rubén (una eminencia del cine y gran conocedor de la materia) le comentó algo que me pareció muy interesante:  Típico coraje de joven que mira los óscares con ojos de joven.

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Aquí fue donde la noche se tornó interesante y por fin pude mutear no sólo la TV, sino sus post de Facebook, y mientras Hollywood se seguía auto celebrando pude ver entonces como esos ojos de joven se manifestaban en diversas publicaciones, en forma de estado de Facebook, meme o actualización de la quiniela, hecha claro, por aquél que iba ganando.

El final de la ceremonia llegó y el error más grande que se ha visto en la historia de estos premios se volvió una densa niebla que escondió un rayito de luz en la academia, uno de los cambios más grandes que se haya visto en la historia en la realeza de Hollywood.

Moonlight, la visión de un joven homosexual en un mundo moderno con conflictos internos que invitan al espectador a hacer una reflexión del ser, se alzaba ganadora sobre La La Land, una película que celebraba al Hollywood antiguo con un collage audiovisual que junta referencias sin ton, ni son, pero a quién le importa esto, el sobre decía otra cosa, el meme y la burla volvieron a ganar más peso.

La noche acabó, y en Facebook uno podía ver también publicaciones de aquellos que ganaron las apuestas y las quinielas, y otros que se celebraban su “gran conocimiento” sobre el de sus “expertos” amigos acerca de una industria que por primera vez en muchos años no lo hacían.

El morbo me mueve, no lo niego, pero cuando las publicaciones se repiten en memes y auto festejos, surge la invitación a apagar la computadora, la televisión y esa vieja costumbre de mirar los oscars con ojos de joven.

Nos leemos en la siguiente

Aldo Paltán.