Acabo de ver “Beauty and the Beast” de Bill Condon y me topé con un perturbador reflejo de lo que es Hollywood actualmente…no lo reconozco.

Cuando era niño ir al cine era lo máximo, recuerdo la sensación de abrir el periódico para ver la cartelera, vaya, hasta se impregnaba el olor a tinta en mis manos de tanto que sostenía el periódico para ver las películas en cartelera o los posters que acompañaban las críticas debajo.

Sí, no leía las críticas, seamos realistas… ¿A quién ching@&#$ le gusta leer críticas?

Llegar al cine seguro era odioso para mis papás, aparte de tener que gastar en las entradas, tenían que chutarse a un morrillo odioso que los presionaba para llegar media hora antes y así elegir el mejor lugar de la sala, tercera fila de arriba para abajo, asiento debajo del proyector. Y ahí estaba yo, treinta o veinte minutos previos a que iniciara la película en una sala sola, con mi papá, mi mamá, o los dos (aunque ciertamente no recuerdo cuando fue la última vez que eso pasó, creo en 2012 con Hugo) nervioso, ansioso y con un sentimiento de mariposas en el estómago, como si estuviera a punto de ver a la chica que me gusta.

La gente llegaba a la sala con la velocidad con la que mi padre acababa sus palomitas, para cuando iniciaba la película la sala estaba llena y el bote vacío. Las luces se apagaban y los comerciales comenzaban, ¡Oh! Benditos y hermosos comerciales, sé que todos los odiaban, pero tal vez era porque me ayudaban a prepararme para lo que vería, o tal vez porque soy un hijo del consumismo, no sé, pero como amaba los cineminutos y trailers previos a la película.

Entonces, llegaba la hora del espectáculo, se anunciaba con ese castillito azul marino sobre el fondo azul claro; las grandes letras que abrazan al globo terráqueo; la bella dama con la antorcha o claro, también con ese inconfundible redoble de tambor seguido de un “tarara tararararatatara tururu tururu TURURU TURURUURUUUU”.

Acéptenlo, ¿Quién ching@&#$ no la tarareaba?

Los grandes nombres pasaban frente a mí en la gran pantalla, los Brads, las Meryls, los Roberts, los Leonardos, etc. Una vez que a esos nombres les ponía rostro, se volvían mis cómplices en esa gran experiencia, de principio a fin. La aventura terminaba casi siempre conmigo emocionado al grado que lo que sentía en el estómago ya no eran nervios, ahora eran un desespero enorme por ser el personaje que fuera protagonista en la película que acababa de ver, Batman, Spider-Man, James Bond, Obi-Wan, Hércules, Wolverine, Simba, ¡TODOS!

Ahora los tiempos son otros…

Ir al cine actualmente, bueno. La cartelera la consulto en mi teléfono, en la tablet o ya de plano si ando “old school” en mi computadora. Creo que actualmente sólo sostengo un periódico para ponerlo sobre el lava manos cuando me rasuro y evitar tapar la rendija por donde se va el agua. Suelo llegar tarde a la función, los asientos ahora están numerados, el lugar predilecto de mi infancia ahí sigue, a veces me gusta tomarlo por nostalgia, pero la verdad es que ya agarro los que sean, siempre y cuando no tenga gente atrás (esos cabrones SIEMPRE te patean el asiento) o adelante (esos cabrones SIEMPRE te lamparean con el brillo de su celular, mismo que mide como un metro de largo y otro de ancho) ¿Palomitas? Rara vez, la verdad es que nunca he sido muy fan de ellas y ni hablar de los excesivos costos.

Las historias que se hicieron clásicas en mis días de infancia, ahora se están volviendo a hacer. Es extraño ver esas películas con conciencia, es triste darte cuenta lo vacías que son las versiones modernas de historias que en su momento tuvieron mucho por contar, que fueron hechas por alguna razón, eso por otra parte, me hace feliz, saber que crecía viendo cosas que al menos me invitaban a pensar.

Recién me topé con Beauty and the Beast, una adaptación de la cinta animada de 1991, esa versión sin duda, es un clásico que plantea cosas interesantes como el poder del intelecto sobre un pueblo inculto e incluso se atreve de manera sútil, a sugerir una relación homosexual en un tiempo en el que el mundo aún no estaba tan abierto al tema, claro, esto adornado con todos los colores Disney. Desgraciadamente la nueva versión carece de contenido, no ahonda más allá de lo que se hizo en su momento y se dedica a hacer una calca de la versión animada, aún y cuando el mundo (se supone) ya ha procesado más estos temas.

Ahora el castillito no es una simple mancha azul marino sobre un lienzo de un azul más claro, no, ahora es un elaborado castillo CGI (que envidiaría cualquier película de los 2000) que se recorre en un travelling desde la punta del ángel que lo decora en la parte más alta, hasta una toma de la fachada entera del mismo. Pero a diferencia de los grandes nombres que veía en la pantalla cuando era niño, ahora me topo con nombres que nunca había escuchado (y que probablemente nunca vuelva a escuchar), los Lukes, las Emmas, los Zacks, los Josephs, etc. En la cinta de Bill Condon la Bella es la apuesta grande del estudio, la actriz que representará a una generación, la actriz que dará vida a la nostalgia, la actriz que casi hace me quede dormido.

Fue incómodo, esa es la palabra, vi durante dos horas como un estudio nos estaba volviendo a vender una película que hizo hace 26 años y como Hollywood, la gran maquila de películas en la tierra prometida rodeada por el gran muro, fue incapaz de volver a contar con tanta gloria una historia tan vieja como el tiempo.

La función acabó y gracias a Dios era libre. Salí de esa sala con un sentimiento de incomodidad y una gran duda ¿Qué ching@&#$ le está pasando a Hollywood?

Seguramente en 1940 algún mamón salió de la sala añorando la tranquilidad de ver una película sin ruido y disfrutar de la imagen al compás de una pianola. Probablemente en 1960 otro salió de la sala añorando ver las películas en una gama de color monocromática, sin todos esos psicodélicos colores que sólo generaban dolor de cabeza. Posiblemente en 1980 otro salió de la sala añorando las historias del pasado, no esas marihuanadas sobre viajes en el tiempo o aliens.

Hoy en 2017, mi queja iría sobre el contenido, sobre las emociones que ya no se sienten, sobre la tendencia que existe al hacer collages audiovisuales en lugar de contar historias y la carencia de sentido en la tendencia de volver a contar historias que ya vimos, sin tener la decencia de añadirle algún tipo de reflexión interesante que lo justifique. Por otro lado, los niños siguen naciendo, siguen obligando a sus papás a que los lleven al cine (pobres de los papás, con lo que cuesta ahora el cine), seguramente ahorita hay un niño emocionado buscando en su smartphone la cartelera, viendo una y otra vez el trailer en YouTube, listo para entrar en una sala a ver y escuchar una historia tan vieja como el tiempo.

Entonces, ¿Quién ching@&#$ cambió?

 

Nos leemos en la siguiente

Aldo Patlán